El burka en Navarra

Todavía me impresiona la foto de la joven Sumaya bajo esa cárcel de tela negra, su cuerpo, su cara, incluso sus manos están cubiertos por esa tela oscura, la imagino paseando por las calles de Villafranca, sin rostro, sin identidad.

Dos realidades diversas que coexisten. Una de ellas es auténtica, aunque limitada y claustrofóbica; sólo se vive sin el burka de puertas para dentro siempre y cuando se esté con familiares directos de ella, la otra realidad, se desarrolla apenas se traspasan las puertas de casa, una vez se ha dejado atrás el umbral del propio domicilio. Entonces el mundo retrocede varias eras, hasta encontrarse con la Edad Media.

El túnel del tiempo de lo privado a lo público envuelve a la joven Sumaya de capas negras; es la vida cotidiana que muda al negro, como si el color no hubiese existido nunca. En casa se vive en color; fuera de ella, el universo es sólo negro.

Después de leer la entrevista con el marido de Sumaya, me reafirmo en mi creencia de que los valores de igualdad deben prevalecer ante aspectos culturales como determinados tipos de prendas que pretenden esconder el rostro de la persona, convirtiéndose en un símbolo de desigualdad entre hombres y mujeres

El burka es un obstáculo grave para cumplir con los valores de nuestra sociedad, como la libertad y la igualdad de género, por los que hemos luchado durante siglos.

Su uso atenta contra la dignidad de las mujeres y no es una expresión religiosa ni cultural, sino una señal de esclavitud.

La Constitución española garantiza la libertad religiosa y la cooperación «con la Iglesia Católica y demás religiones», pero el burka y atuendos similares son incompatibles con la dignidad humana.

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