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A grandes males, grandes remedios

Estamos atravesando una crisis económica que ni los más pesimistas del lugar podían imaginar. A estas alturas, ya casi todos sabemos cómo se ha producido: por el excesivo endeudamiento de las familias, las empresas y los gobiernos. Nos hemos gastado lo que no teníamos y hemos vivido por encima de nuestras posibilidades bajo las máximas de que el crédito era infinito, el puesto de trabajo perpetuo, que los derechos adquiridos eran intocables, que las decisiones del Gobierno “no me afectan” y que el dinero público “no es de nadie”.

Ahora que ya sabemos la causa de esta situación y tumbados los principios inspiradores que nos han llevado a la misma, toca aprender de los errores y fundamentalmente buscar soluciones. Hasta ahora, el Gobierno lo que ha hecho es mirar para otro lado, huir hacia adelante esperando un cambio de ciclo y finalmente realizar algunos ajustes exigidos por Bruselas. La oposición se ha dedicado a poner en evidencia al Gobierno por su mala gestión, a pedir la dimisión del Presidente y a reclamar elecciones anticipadas.

Hoy estamos comprobando que ni las reformas puestas en marcha ni la convocatoria anticipada de elecciones dan un respiro a nuestra economía y los mercados nos están presionando con ferocidad, comprometiendo el presente y el futuro de nuestro desarrollo y agravando cada día más nuestros problemas.

La situación es excepcional, las medidas que hay que tomar son impopulares, van dirigidas al bolsillo de los ciudadanos y reducirán el estado del bienestar, por lo que es evidente que ningún partido, en solitario, se va atrever a ponerlas en práctica. Ha llegado el momento de un Gobierno de coalición de los grandes partidos nacionales para adoptar las medidas que realmente España necesita, sin tapujos ni engaños, con decisión y apoyo unánime.

Los tiempos de la mentira gratuita, las reformas ideológicas para ocupar el tiempo y el favoritismo por las minorías deben quedar desterrados por los gobernantes como forma de hacer política. La sociedad, en los últimos cuatro años, ha madurado deprisa y exige más que nunca actuar con responsabilidad, que dadas las circunstancias no es otra cosa que procurar el bien común dejando al margen la demagogia y los intereses partidistas y personalistas.

Dentro de pocos meses tenemos elecciones, y no son unas elecciones más, van a ser excepcionales, como corresponden con la situación de emergencia nacional. ¿Serán capaces los grandes partidos nacionales de llegar a acuerdos excepcionales para reconducir este barco sin rumbo y de paso regenerar y dignificar la actividad política? Qué gran oportunidad tenemos delante para comprobar si realmente, como dicen, les importa España.