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Sobre el uso de las lenguas en el Senado

Hace unos meses, cuando se debatía la posibilidad del uso de las distintas lenguas oficiales del país en la actividad del Senado, apelaba, para defender mi voto contrario, al “sentido común”, entendido como sentido práctico de las cosas.

Si queremos una Cámara ágil y cómoda para trabajar, hablar en castellano con gente que entiende castellano aunque conozcan otras lenguas es lo más natural. Las lenguas deben ser instrumentos de comunicación y no de construcción nacional y la normalidad lingüística debe entenderse como hacer lo que es más normal.

Si todos los españoles, y por tanto todos los senadores, tenemos una lengua común, oficial, que debemos conocer y conocemos, con la que nos entendemos, no tiene ningún sentido esforzarnos en poner trabas a este entendimiento. Y no es normal ni es signo de ninguna normalidad la utilización de un pinganillo para debatir con alguien que sabes que te puede entender.

Otro caso diferente es el de los parlamentos autonómicos donde coexisten dos lenguas oficiales y es lógico y normal que se puedan utilizar ambas.

Cuando los políticos nos cuestionamos las razones que tienen los ciudadanos para valorarnos tan mal tenemos que pensar que son este tipo de decisiones, tan alejadas de la realidad, tan lejos de los problemas de los ciudadanos, tan costosas económicamente, las que sirven de argumentos más que sobrados para ello.