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Dos anécdotas reales

Hace algún tiempo, bastaba que apareciera en la tele el ya fallecido Gila (republicano confeso, creo) para que comenzaran las risas. Todos le recordamos vestido de soldado decir, teléfono en mano: “¿Está el enemigo? ¡Que se ponga!”.

No vengo a hablar del enemigo; ni de Gila. Pero sí de dos anécdotas recientes; telefónicas; y reales -en el doble sentido de la expresión-.

Hace escasas fechas, el rey D. Juan Carlos recibía, sobre la marcha, una llamada no prevista de una emisora de radio. Una llamada a la que respondía con una soltura y espontaneidad que para sí quisieran muchos dignatarios o… representantes políticos de la divine gauche, o de la droite, o incluso del centro. Todos hemos podido tener conocimiento por Internet del contenido de la conversación.

Pocos días más tarde, en un acto público, al rey volvía a sonarle el teléfono (esta vez su móvil) en un acto oficial. Y nos sorprendía el politono del aparato: eran las risas de un bebé.

Algunos se han centrado en censurar deslices imputables a quienes propiciaron esas llamadas. Yo hoy quiero asomarme a este post para (sin pretensiones de declararme ni liberal-monárquico ni liberal-republicano) subrayar lo humano de ambos detalles. Más allá de grandilocuencias y rimbombancias, al mismo rey que emite su discurso anual en Nochebuena, le suena el teléfono. En vivo y en directo. Y este monarca cercano ni pregunta por el enemigo ni nos lleva a la carcajada, como Gila. Pero sí a esbozar una cierta sonrisa. Que no es poco, con la que está cayendo.

Vuelvo a decir lo de siempre: alguno se preguntará qué hago -qué hace un político- escribiendo un post sin retóricas ni diatribas: Compartir un rato contigo, amigo que me has dedicado un par de minutos. No busco más. ¡Ni menos!