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Insultado por un derecho

¿Qué hay de lo mío? Es una pregunta lógica y entendible cuando alguien tiene un interés por algo concreto. Y más cuando a uno le tocan derechos adquiridos en el tiempo…

Entendida y aceptada la pregunta el interlocutor debe ser capaz de escuchar y aceptar (aunque no compartir) la contestación que se le de.

Declaraciones escritas incendiarias, amenazas de no ejercitar un concreto voto en las próximas elecciones, acusaciones gratuitas y desprecios furibundos como manera de no aceptar (que no compartir) esta respuesta no son aceptables cuando a uno le contestan distinto de lo que quiere escuchar.

Lo que no vale es preguntar y sólo aceptar una respuesta concreta. Lo que no sirve es preguntar y responder a la vez, preguntar y amenazar, preguntar y acusar o preguntar y despreciar.

La primera vez que te pasa (que te preguntan, contestas y no les gusta la respuesta), te lo tragas, no eres capaz de reaccionar y hasta te sientes culpable de la respuesta que has dado. La segunda te lo tragas, reaccionas un poco más (que no del todo) y dejas de sentirte culpable. Pero la tercera vez no te lo tragas, reaccionas con serenidad y no sólo no te sientes culpable sino que sientes que por eso de gritar no se tiene más razón.

En la vida varias veces he preguntado por lo mío. Algunas veces me han contestado lo que yo quería, otras, las más, no cómo yo quisiera y las menos, a Dios gracias, con amenazas, acusaciones y desprecios. Mi reacción, unas veces más molesto que otras (incluso alguna vez muy molesto y dolido), nunca ha sido como se cita unas líneas atrás. Y sinceramente creo que no me ha ido del todo mal aunque sí lo haya pasado mal en algunas situaciones.

También he contestado a la pregunta muchas veces. Siempre he respondido en conciencia y con mis argumentos (equivocados o no) y siempre con la tranquilidad que ante una pregunta tengo la libertad y el derecho de contestar lo que yo crea conveniente.

Lo que no acepto ni aceptaré nunca es ser insultado por un derecho. Porque quien así contesta pierde, para mí, toda razón y toda capacidad de diálogo salvo que reconozca su equivocación y haga propósito de la enmienda. Ni siquiera le exijo que me pida perdón.