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Vuelta a la normalidad

Desde que tengo uso de razón, mi verano, aunque este año lo he alargado un día más, siempre termina el 17 de septiembre con el “pobre de mí” de fiestas de Sangüesa, esas fiestas que la ciudad celebra en honor a San Sebastián y que hacen que dejemos las preocupaciones aparcadas durante unos días para disfrutar del ambiente, de la música en la calle, de nuestros gigantes y cabezudos y del colorido y la diversión. Siempre la fiesta es momento de encuentro de cuadrillas y todos buscamos dejar en blanco las ajetreadas agendas durante unos días para estar con los nuestros en casa.

He estado pensando en los encuentros que he tenido durante la semana de fiestas y en los “momenticos”  tan especiales que me ha tocado vivir, no sólo este año, sino desde que era niña.

De mi infancia tengo recuerdos geniales de los bailes de los gigantes y las carreras con los cabezudos pero reconozco que para mí era muy especial la mañana del día de vísperas, cuando mi madre me pedía que le ayudase a engalanar los balcones de casa de mis abuelos paternos porque la procesión pasaba justo por debajo. Aquel desfile me fascinaba: bandera y maceros, la corporación en pleno, la banda, gigantes y cabezudos, dantzaris y txistus y todos con sus mejores galas acompañando al santo. Entonces, la misa en honor al Patrón se celebraba por todo lo alto en la Iglesia de San Salvador, nuestra joya gótica, esa misma que hoy y si nadie hace nada al respecto está camino de hundirse.

Este año, mi “momentico” especial fue ponerle el pañuelo con el escudo de la ciudad a Leyre, la hija de mi mejor amigo desde la infancia porque con él hemos pasado tragos muy duros y la pequeña es un regalo con el que hace unos años no podíamos siquiera soñar. Y casi sin quererlo, me he dado cuenta de que la vida pasa muy deprisa, sobretodo cuando hay ganas de vivirla y gente que te quiere para conseguir de ti una sonrisa.

Las obligaciones de la edad adulta son muchas, eso sí, siempre marcadas por todo lo que cada uno esté dispuesto a asumir y sacrificar. Nunca eso ha sido un problema para mí porque normalmente, en todo lo que hago trato de ver un servicio a los demás. Si no, muchos no estaríamos donde estamos, no guardaríamos las tradiciones, ni trabajaríamos por los ideales como nos enseñaron nuestros mayores.

¡Qué cosas! Parece que hasta hoy no he sido del todo consciente de que he vuelto a la normalidad y al trasiego de la vida diaria.