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Velar las armas

Los partidos políticos, al igual que Don Quijote la víspera de su primera salida, velan las armas. Buscan el espaldarazo y la pescozada política para sentirse armados y afrontar, con perspectiva de éxito, la próxima aventura electoral.

El magma de las fuerzas nacionalistas, tapándose la nariz, vela el arma de los presumiblemente 10.000 votos nulos en las últimas elecciones atribuidos a Batasuna, partido justamente ilegalizado. Argumenta, ante el estupor de las demás fuerzas, que es necesario dar salida democrática a las ideas de esos ciudadanos. A personas poco atentas puede parecerles razón suficiente.

Ahora bien, la renuncia expresa al uso de la violencia, la condena explícita  del terrorismo y el reconocimiento y la honra de sus víctimas son condiciones necesarias e imprescindibles en los sistemas políticos democráticos. Más que las ideas son las formas democráticas  las que los legitiman. Es decir, el uso de la palabra como  instrumento de poder, la defensa de la libertad de expresión y de los derechos fundamentales de la persona, entre ellos el de la vida. En caso contrario, estaríamos hablando de regímenes fascistas, tiránicos o de despotismo ilustrado. Esperemos que así lo advierta, llegado el caso, la Fiscalía General del Estado.

En realidad, se trata de una lucha por el poder en la amalgama nacionalista. Se considera que estos votos darían al grupo que los consiga la fuerza suficiente para condicionar las relaciones internas de poder y, por extensión, situaría al conjunto nacionalista en posición para decidir la política navarra.

La izquierda no nacionalista focaliza su vigilia en la reunión de sus fuerzas dispersas; en lo que el Partido Socialista denomina “bloque social de progreso”, según recientemente he leído en este diario. De estos tres conceptos con los que construye su arma electoral, ha usurpado dos: el sentido de lo social y el sentido del progreso. Se los atribuye acríticamente porque busca conscientemente el sentido connotativo de las palabras. El término bloque, por lo que a mi respecta, se lo puede quedar porque es sinónimo de dureza, rigidez, intransigencia, imposición. Prefiero los términos cooperación, colaboración, coordinación.

Social es lo relativo o perteneciente a la sociedad. Por tanto, atribuible a cualquier acción que surja de la sociedad o se presente a su consideración. Quizás hayan querido decir “socialista”, que es cuestión radicalmente diferente. Es sospechosa esta confusión terminológica.

Progreso no significa gran cosa sin la especificación de la meta, fin u objetivo. ¿Acaso es progreso alcanzar la cifra de 4,5 millones de parados? ¿Lo es haber provocado la disminución de la riqueza económica, la congelación de las pensiones y el aumento de los impuestos directos? ¿Es progreso exponer el sistema económico a la insostenibilidad por el incremento disparado de la deuda y el déficit o aumentar la edad de jubilación? ¿Es progreso dejar desprotegido al que va a nacer, abandonar a la suerte psicológica de la madre que ha tenido la desgracia de recurrir al aborto en lugar de proteger su maternidad? Podríamos continuar.

La derecha actual, lamentablemente desunida, es la responsable de haber ganado la confianza del electorado desde 1991; de haber colocado a Navarra, con su acción de gobierno, entre las 32 mejores regiones europeas -son 277- y como tercera comunidad española con mayor renta per cápita; de haberla situado a la cabeza española en investigación, en resultados educativos; haberla hecho referente de las acciones sociales y sanitarias, pionera en energía renovable y en conservación del medio. Podríamos continuar. ¿No es esto progreso?

Ese intento de configurar un bloque socialista, mal llamado de progreso, así como el magma nacionalista justifica, incluso aconseja, buscar el arma de la unión, la coordinación, la colaboración y cooperación de las fuerzas de la derecha navarra para seguir la senda del auténtico progreso social.

Javier Marcotegui Ros

Parlamentario de UPN