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Amin Maalouf: Príncipe de Asturias de las letras 2010

Tengo del nuevo Príncipe de Asturias de las letras, Amin Maalouf, dos libros, Identidades Asesinas y El desajuste del Mundo (cuando nuestras civilizaciones agonizan). Con ambos he disfrutado mucho pensando sobre lo que nos pasa a los hombres, lo que le hacemos al mundo  y lo que este nos deparará

Algunos de sus muy diversos pensamientos y sentencias,  los he utilizado en mis intervenciones. Su lectura me sigue pareciendo muy sugerente. Ahí van unas cuantas ideas:

Identidades Asesinas

Mi identidad es lo que hace que yo no sea idéntico a ninguna otra persona.

El derecho a criticar al otro se gana, se merece.

Nadie tiene el monopolio del fanatismo y, a la inversa, nadie tiene el monopolio de los humanos.

¿Acaso no es la principal virtud del nacionalismo hallar para cada problema un culpable antes que una solución?

A los que aspiran al “paraíso occidental” no les suele quedar más recurso que la emigración.

Cuanto más avance la ciencia, tanto más tendrá que interrogarse el hombre por su finalidad. El Dios del “¿cómo?” se esfumará un día, pero el Dios del ¿por qué?” no morirá jamás.

Sueño con un mundo en el la necesidad de espiritualidad estuviera disociada de la necesidad de pertenecer a algo.

“Los hombres son más hijos de su tiempo que de sus padres”, Marc Bloch.

Mi convicción profunda es que el futuro no está escrito en ningún sitio; será lo que nosotros hagamos de él. … para el ser humano, el destino es como el viento para el velero. El que está al timón no puede decidir de dónde sopla el viento, ni con qué fuerza, pero sí puede orientar la vela. Y eso supone a veces una enorme diferencia. El mismo viento que hará naufragar a un marino poco experimentado, o imprudente, o mal inspirado, llevará a otro a buen puerto.

Si creemos en algo, si tenemos en nuestro interior suficiente energía, suficiente pasión y ganas de vivir, podemos encontrar en los recursos que nos ofrece el mundo actual los medios necesarios para hacer realidad algunos de nuestros sueños.

En la democracia lo que es sagrado es los valores, no los mecanismos.

Hay que mantener el sentido de la proporción, No todas las fiebres son anuncio de la peste. Pero hay tampoco ninguna fiebre ante la podamos encogernos de hombros.

Para todos, poder vivir serenamente las diversas pertenencias es esencial para su pleno desarrollo personal, y también para la paz civil.

Del mismo modo, también las sociedades deberían asumir las múltiples pertenencias que han forjado su identidad a lo largo de la historia, y que aún siguen configurándola; deberían hacer un esfuerzo para mostrar, a través de símbolos visibles, que asumen su diversidad, de manera que cada ciudadano pueda identificarse con lo que ve a su alrededor, pueda reconocerse en la imagen del país en que vive y se sienta movido a implicarse en él en vez de quedarse, como tantas veces sucede, como un espectador inquieto y en ocasiones hostil.

…Todos deberían poder incluir, en lo que piensan que es su identidad, un componente nuevo: el sentimiento de pertenecer también a la aventura humana.

El desajuste del Mundo (cuando nuestras civilizaciones agonizan).

“Hemos entrado en este siglo sin brújula.

El pecado secular de las potencias europeas no ha sido el querer imponer sus valores al resto del mundo, sino precisamente lo contrario: el haber renunciado continuamente a respetar sus propios valores en sus relaciones con los pueblos dominados.

El plazo de prescripción es un invento de los juristas; en la memoria de los pueblos nada prescribe.

Mientras los Estados Unidos no hayan convencido al resto del mundo de la legitimidad moral de su preeminencia, la humanidad seguirá en estado de sitio.

La legitimidad es lo que permite que los pueblos y los individuos acepten, sin excesiva coerción, la autoridad de una institución encarnada en hombres y considerada portadora de valores compartidos.

Hay dilemas históricos que no pueden resolver ni siquiera los personajes más excepcionales.

U Occidente consigue reconquistarlos (habla de los inmigrantes), recobrar su confianza, integrarlos en los valores que defiende y hacer de ellos intermediarios elocuentes de sus relaciones con el resto del mundo, o se convertirán en el mayor de sus problemas.

Si nuestras civilizaciones sienten la necesidad de meter ruido para afirmar su singularidad, es precisamente porque esa singularidad suya se va difuminando.

En el presente siglo vamos a tener que escoger entre dos visiones del porvenir. … Por un lado, pues varias “civilizaciones” que se enfrentan pero que, culturalmente, se imitan y se uniformizan; por otro, una única civilización humana, pero que florece en una infinita diversidad.

Lo que hay que predicar no es la desesperación, sino la urgencia. … Es tarde, pero no demasiado.

O este siglo será para el hombre el siglo del retroceso, o será el siglo de la reacción y de una provechosa metamorfosis. Si nos estaba haciendo falta un “estado de emergencia” para espabilarnos, para movilizar lo mejor que llevamos dentro, ya lo tenemos aquí.

Tenemos que inventar una concepción del mundo que no sea sólo la traducción moderna de nuestros perjuicios ancestrales y que nos permita conjurar el retroceso que anuncia”.