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A más necesidades, más solidaridad

Pedro Eza Goyeneche, Parlamentario foral de UPN

En primer lugar, para afirmar con rotundidad que no cabe plantearse ninguna disminución de la ayuda que las naciones económicamente avanzadas prestan a los países económicamente desfavorecidos. Las sociedades prósperas no pueden “replegarse” sobre sí mismas, pues supondría un claro retroceso en la aplicación del principio de “humanidad” que debe orientar el proceso de la globalización. Las consecuencias de este cambio de sensibilidad política y social serían imprevisibles.

En segundo lugar, señalar que para sorpresa de algunos, aunque otros lo anunciaban hacía tiempo, las dificultades económicas han llegado a nuestras sociedades, dando lugar a la aparición de importantes bolsas de pobreza y necesidad. En cualquier caso, corresponde a las administraciones públicas de estos países económicamente desarrollados, por el principio de la justicia distributiva, adoptar las medidas que se estimen necesarias para afrontar los retos sociales propios y ajenos del momento. Sólo diré que, en mi opinión, no se puede mantener una “sociedad del bienestar” sin promover, a su vez, la activación y el fortalecimiento de las redes de solidaridades sociales primarias y secundarias, aquellas que aportan más cercanía personal. Porque el “estar bien” de las personas no viene dado sólo por disponer de unos medios económicos básicos, condición necesaria pero no suficiente, sino por el establecimiento de unas relaciones sociales dignas y justas.

En tercer lugar, para decir que, en consecuencia con lo anterior, es imprescindible fomentar, desde el ámbito familiar y educativo, la cultura del servicio a los más necesitados, del cuidado de los más débiles, del respeto a la persona físicamente deteriorada, de consideración del valor del sacrificio y esfuerzo personales, del reconocimiento de la dignidad intocable de las personas, del sentido de la empatía, de la ternura y el agradecimiento. La cultura que, en definitiva, inspira y sostiene a las organizaciones solidarias.

Por eso, es necesario que las administraciones públicas, los partidos políticos, apoyen, en estos momentos, sin ambages a estas iniciativas sociales. Estoy convencido de que el movimiento solidario no va a faltar a la cita y creo, además, que sabrá movilizar a muchas personas dispuestas, en el ejercicio de su libertad, a colaborar desde el anonimato, sin ánimo de lucro y sin esperar el reconocimiento social.

Las instituciones públicas deben salir al encuentro para organizar eficazmente todas las aportaciones voluntarias y velar, como deber público inexcusable, por la transparencia de las actividades y ejercer el control respecto al cumplimiento de los fines y garantizar la correcta utilización de los medios económicos puestos a su disposición. Como a la propia Administración se le exige que realice la evaluación permanente de los servicios públicos que presta.

Y concluyo: no sería bueno que en este momento de dificultades económicas la Administración pretendiera quedarse sola, como no sería tampoco bueno que los ciudadanos le volvieran la espalda. Por el bien de todos, la colaboración entre ambas partes es imprescindible, porque a más necesidades, más solidaridad.