Descargas

En torno a la Justicia

El PSOE siempre ha tenido al poder judicial en cuarentena. Y, ¿por qué? Primero, precisamente por ser un contrapoder y segundo, por tener la convicción que el juez es un personaje genéticamente conservador ( como así se deduce de la propia composición del tejido asociativo judicial)

Todo ello explica porque el gobierno de Zapatero colocó en esta importantísima cartera a uno de los personajes más sectarios de la política española.

Como digo, le ha costado lo suyo pero prácticamente Bermejo tiene a los jueces donde quería; desprestigiados socialmente, confundidos, dividido cuando no enfrentados entre sí. Maquiavelo no lo podía haber hecho mejor.

En el año 2000 el PSOE firmó numerosos acuerdos con el PP. Uno de ellos fue el que pretendía la mejora de la Justicia. Entonces, con cierta habilidad, el PSOE intuyó que el PP iba a acertar con sus políticas y se sumo al carro. Y es verdad que entre los dos acertaron. Más de 16 proyectos de ley vieron la luz con el consenso de los dos grandes grupos en materia de Justicia.

Pero el PSOE, desde junio de 2000, ya preparaba de manera simultanea una nueva guerra sucia. Aquella que consistía en aprovechar cualquier asunto para laminar la alternancia pepera en el futuro. Y la Justicia tampoco podía ser tierra franca.

El PSOE ganó en 2004 y Zapatero decidió prescindir de todo atisbo de aznarismo en su política. Pasó a cuchillo todas las políticas del PP. Sin justificación, sin argumentos, sólo porque las había impulsado el PP.
Llegó entonces el apartheid parlamentario del PP, el ostracismo político del centroderecha, el abrazo indecente con los extremistas de ERC en el Tinell.

Fueron malos tiempos también para la Justicia. Pero entonces la bonanza económica lo tapaba todo.
Lo cierto es que el PSOE no sembró, sólo malgastó. No invirtió sólo gastó. No construyó con solidez. No afrontó los problemas estructurales de nuestro país. No tuvo altura de miras. … ¡el que venga a detrás que arree!

Y así, cinco años después de la primera victoria de Zapatero, los problemas de la justicia siguen siendo básicamente los mismos aunque mucho más graves. ¿Crónicos? ¿irresolubles?

Yo he estado allí (que diría Miguel Induráin) durante este tiempo. He sido miembro -activo- de la Comisión de Justicia del Congreso de los Diputados. Nadie me tiene que contar lo que vi y conocí. Y afirmo que hubiera resultado relativamente sencillo, que con un poco de ese talante del que presumía Zapatero en su primera investidura (luego se le olvidó) y de esa cintura de la que según ZP está hecha la esencia de la democracia, se hubiera podido enderezar la dirección de uno de los cuatro pilares básicos de nuestro estado de derecho.

Pero no, Bermejo nunca quiso ser el hombre de consenso que la reforma de la Justicia requería, ni el PSOE ha creído nunca (y mucho menos desde que Alfonso Guerra enterrara a Montesquieu) que el poder judicial deba tener la independencia suficiente para resultar un contrapoder efectivo.
Y ahora, que ni siquiera hay dinero para tapar agujeros, ¿ahora que hacemos?

El gobierno es el máximo responsable de la situación actual de la justicia. Hace cinco años existía ya una hoja de ruta, existían unas bases sólidas y razonadas para asentar unas reformas necesarias, se mantenían unos puentes de diálogo abiertos entre los dos grandes partidos nacionales y el mundo judicial, y se manifestaba una voluntad política compartida. Todo ello de golpe y porrazo desapareció.

Es hora de recuperar los consensos perdidos. Es hora de pensar en los demás. Es hora de abandonar la ceguera del que todo lo quiere porque todo lo puede. Es hora de racionalizar los problemas. Hora de confiar en el otro.

No hay otra solución. Y la solución, vista así, pasa sencillamente por quererlo arreglar.

Y arreglarlo sólo pasa por escuchar a los protagonistas del mundo judicial. Por entender sus problemas, que son los nuestros. Y ponerlos en el contexto de una «nueva era de la responsabilidad» como ha pedido el Presidente Obama, en la que todos pongamos los medios para que la justicia funcione. Analizando los cuellos de botella, sustituyendo la obsolescencia de los medios con los que cuentan los juzgados por nuevas herramientas informáticas compatibles en todo el territorio nacional; controlando la «ociosidad» y falta de productividad de algunos; premiando el sobreesfuerzo de muchos otros, ampliando las plantillas; implantando (¡de una puñetera vez!) la oficina judicial o descargando y racionalizando la actividad juzgadora.
Los retos parecen insuperables, pero no lo son.

Pero falta voluntad y talante, y sobra soberbia y partidismo. Se pudo hacer mejor y no se quiso. De aquellos polvos estos lodos.

Pero seguimos siendo un país admirable (cuando queremos). Y si la mayoría nos ponemos manos a la obra y «tiramos del carro», todos juntos lo solucionaremos. Porque no es verdad que estemos condenados a polemizar por todo y de todo.

Alguien ha escrito que las crisis ocultan grandes oportunidades. Y tiene razón. Es el momento de afrontar con humildad este reto para conseguir que la Justicia cumpla la sagrada función que le corresponde, que no es otra que dar a cada uno lo suyo.

No se trata de aprovechar el momento para eliminar un contrapeso necesario, ni para arrinconar a la oposición, ni tampoco para atacar sin razón al gobierno. Ni el momento ni la cuestión lo ameritan. En mi modesta opinión, se confundirá el que actúe movido por estos objetivos cortoplacistas.

En fin, a trabajar.