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Libertad de expresión

Javier Marcotegui Ros, Vicepresidente Primero de la Cámara y Parlamentario Foral de UPN

Me llega la noticia de que este medio de comunicación escrita, El Debate, va a dejar de serlo. La noticia provoca el primer y más superficial sentimiento: la tristeza por la ausencia de un medio de expresión que ha luchado con entereza en los últimos diecinueve meses por hacerse un hueco editorial, pena por la pérdida de una de las herramientas dispuestas para transmitir ideas, contrastar argumentos, crear debates públicos que se enriquecen con la objetividad, la coincidencia o la discrepancia en las ideas expuestas.

UPN debe agradecer a los editores de El Debate la buena acogida que durante este tiempo han dado a sus escritos, sus pareceres y opiniones, recogiéndolos oportunamente en lugares destacados en su periódico, ofreciéndolos para su lectura y discusión. Personalmente, he sido atendido cuantas veces a ellos me he dirigido. Muchas gracias.

El segundo sentimiento es la percepción de que, a pesar de las apariencias, la libertad, y en concreto la libertad de expresión, no goza de los mejores momentos. Quizá no haya impedimentos formales para la expresión de opiniones pero falta con frecuencia el ánimo de escucharlas. No está suficientemente fertilizado el huerto de la libertad de expresión con el abono del gusto por el debate, por la exposición objetiva y desinteresada de las opiniones, por la actitud de escuchar y confrontar las opiniones propias con las contrarias por equivocadas que parezcan, con la ausencia del deseo de imponerse; deseo que persigue a toda autoridad hasta infestarla por completo y condicionar su conducta.

Pocos desconocen que, desde el punto de vista formal, entre los derechos humanos está reconocido el de la libertad de opinión y de expresión y que nadie puede ser molestado a causa de sus opiniones. Pero tengo mis dudas sobre que este derecho encuentre las circunstancias más propicias para su ejercicio material.

La libertad, para su ejercicio, requiere ausencia de miedo. Éste se provoca de muchas formas, no sólo con la violencia, sino también con modos más sutiles. En el caso de la libertad de expresión, con la percepción de que el interpelado no adopta la actitud sincera de escuchar y de aceptar los argumentos con ánimo de contrastarlos con los suyos, sino con el de aprovecharlos para la descalificación más obscena. También por no afectar tiempo personal suficiente para escuchar y leer, por no ofrecer espacio suficiente para la exposición o escritura de los pensamientos. Con frecuencia por producir demasiado ruido para oír. En ocasiones, se busca expresamente el ruido para huir de la responsabilidad personal de tener criterio, exponerlo y opinar.

Se ha perdido el gusto por el debate hasta en los ambientes familiares. Preferimos el desconocimiento al riesgo de discrepar. Se prima el diálogo superfluo y banal sobre otro cualquiera al que con cierta frecuencia se le califica de «chapa». Se prefiere la cultura del ver, ni siquiera la del mirar, a la del leer y escuchar. Son numerosos los jóvenes, incluso no tan raras las personas de cierta edad, trágicamente aislados con cascos.

Esta desconsideración con la libertad de expresión, por el miedo al debate, ha alcanzado a los parlamentos y a los partidos políticos. Éstos no están cumpliendo con sus deberes constitucionales. Antes del debate político todo está pergeñado, previsto y condicionado por intereses no expuestos. Con esto se refuerza la vocación teatral y formal de las Cortes y Parlamentos. En el Congreso, nada tienen que ver el contenido de las respuestas del Gobierno con el de las preguntas de la oposición. La opinión del Senado con frecuencia no es escuchada por el Congreso, como ha sucedido con el debate de los presupuestos generales. 

La democracia interna de los partidos, mandato constitucional, brilla por su ausencia. Hace ya años que un influyente político dijo aquello de que «el que se mueva (discrepe) no sale en la foto» de las listas electorales. Se prefiere la seguridad y pobreza de la unidad interna de opinión al riesgo oculto y riqueza inherente de la diversidad de ideas lealmente expuestas. Se acepta antes la infalibilidad del líder que el error de la opinión de las bases.

¿Dónde queda el contenido material de la libertad de expresión? Quizá debiéramos prestar más atención a la opinión de Simone Weil, quien afirmó: «La noción de obligación prima sobre el derecho (ya que) un derecho no es eficaz por sí mismo, sino sólo por la obligación que le corresponde». Así, por la vía del cumplimiento de la obligación de escuchar, base de todo rico debate, se daría contenido material a la libertad de expresión.