Descargas

Hacia una rebelión cívica

María Caballero Martínez, senadora de Navarra por UPN

Es insultante la facilidad que tienen los terroristas para cambiarnos la existencia a todos los demás. Ayer, hasta las 10.58 horas, la Universidad de Navarra era un hervidero de proyectos, de conversaciones, de inquietudes, de vida. Cinco minutos después, los mismos alumnos que asistían a una clase o compartían un café o preparaban un examen corrían asustados por el campus. A sus espaldas, las llamas consumían una docena de coches y se extendían por el interior de algunos despachos y oficinas del Edificio Central. Nadie sabía aún si la explosión que acababa de estremecer todo el campus había causado muertos o heridos. Según me contaron después algunos testigos, fueron unos minutos de terror en estado puro.

En este momento, cuando ya han pasado unas horas, me produce un gran alivio saber que no ha habido víctimas mortales. Creo que es un desenlace milagroso a la vista de cómo ha sido el atentado.

El pasado 6 de mayo se cumplieron diez años del asesinato de mi padre. Él era entonces el concejal portavoz de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona y ETA le pegó dos tiros cuando salía de casa. Pretendían tapar su voz y la voz de la mayoría que representaba su partido. Este año, con ocasión del décimo aniversario del crimen, desde la fundación que lleva su nombre quisimos organizar una exposición fotográfica que reflejara la actividad criminal de ETA. Son imágenes que ilustran de alguna manera el dolor y el daño que los terroristas han causado en Navarra. Se trata de escenas muy tristes: hay viudas jovencísimas que lloran a sus maridos, hay niños que aún no han asimilado la muerte de sus padres, hay guardias civiles que esconden su dolor mientras llevan a hombros los restos de un compañero asesinado, hay ciudadanos anónimos que tratan de mostrar su tristeza, su indignación, su impotencia…

Viendo algunas de esas fotografías en blanco y negro podría pensarse que se trata de episodios del pasado, de sucesos que se alejan en el tiempo. Sin embargo, ayer volvimos a comprobar de forma brutal que ETA esta viva,  que no ha cambiado un ápice en todo este tiempo. Llevamos cuarenta años sometidos a sus crímenes, a sus atentados, a su empeño en negarnos la realidad de todos los días. No podemos consentir que añadan más imágenes para el recuerdo o para futuras exposiciones.

Decía Teresa Jiménez Becerril —hermana de Alberto y cuñada de Ascen, asesinados en Sevilla hace diez  años— que ETA acabará cuando queramos que acabe, cuando le plantemos cara, cuando echemos a los terroristas de la sociedad. Tiene razón: no basta que se sucedan las condenas de los políticos, hace falta de nuevo una rebelión social, una movilización ciudadana abierta, sin complejos, que se haga oír, que refleje lo que de verdad piensa la mayoría. En ese sentido, el atentado de ayer en Pamplona también debería ser un estímulo para que toda esa juventud que se ha visto asomada repentinamente al dolor, a la indignación, a la impotencia, se movilice en la gran ofensiva civil que aún tenemos pendiente para derrotar a ETA de forma definitiva.