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Crisis o inmovilismo

Javier Marcotegui Ros, Vicepresidente 1º del Parlamento de Navarra

Probablemente, en esta coyuntura política, alguien se ha preguntado cómo hubiera sido el proceso de investidura en el caso de que el Partido Popular hubiese sido el más votado, el de mayor número de escaños pero sin alcanzar la mayoría absoluta. ¿Habría conseguido la presidencia del Gobierno de España?

Así pues, se debe plantear la necesidad de disponer de un proyecto político amplio que acoja intereses diversos y amplíe el abanico electoral sin desvirtuar los principios y valores fundamentales del partido. ¿Cuáles son los elementos básicos e imprescindibles de este proyecto para que queden satisfechas las expectativas políticas conservadoras, moderadas y reformistas de los electores? ¿Cuáles los que permitirán alcanzar el gobierno?

Se debe debatir sobre el papel que juegan los movimientos nacionalistas en el diseño de las políticas generales. ¿Deben los partidos nacionalistas, cuyos intereses se refieren especialmente a los territorios donde tienen presencia política significativa, decidir las políticas generales? ¿Deben condicionar las que afectan al conjunto nacional, a los principios de igualdad, solidaridad y cohesión nacionales, que son el fundamento del actual régimen constitucional español?

Se tiene que encontrar el comportamiento político más adecuado para conseguir, tanto en el ámbito nacional como regional, el justo equilibrio entre las tendencias centralistas y uniformadoras que reclaman las políticas nacionales y las tendencias periféricas y segregadoras que reivindican las independentistas. ¿Está agotado el modelo autonómico o es oportuno desempolvar otros modelos como el federal o el de libre adhesión?

Se debe estudiar la ley electoral. Cabe plantearse si se ha alcanzado un bipartidismo maduro y estable. Si éste tiene la capacidad para permitir que las instituciones de la sociedad desalojen del poder, con facilidad y pacíficamente, a los gobernantes y si ese bipartidismo tiene la capacidad para facilitar que esa sociedad pueda impedir que las instituciones sean destruidas por los que quieren perpetuarse en el poder. Refiriéndose a las formas de gobierno, este comportamiento social maduro es el que Popper consideró oportuno para determinar la bondad de las formas de gobierno.

Necesariamente, por otra parte, se deben encontrar las personas más adecuadas para gestionar los principios ideológicos que se decantarán en este proceso de cambio. Sin duda que este es el aspecto más expuesto a la opinión pública, el que más morbosidad encierra y el que más alimenta la voracidad mediática. ¿Rajoy o San Gil? Me preguntaba una periodista. Sin embargo, es lo menos trascendente.

En ocasiones la sociedad resulta paradójica. Con facilidad acusa a los partidos, sobre todo a los conservadores, de inmovilismo, de tendencia a cristalizar la sociedad para que nada se mueva, de miedo a los cambios sociales. Por otra parte, le asustan las crisis, aunque son la antesala de los cambios necesarios para superar los problemas y las dificultades. Y entre una y otra posibilidad olvida que lo fundamental es el debate. Después, se despejará la incógnita de las personas, de si debe ser María o Mariano.