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Una reflexión sobre el Trasvase del Ebro

José-Cruz Pérez Lapazarán, Senador por UPN

En el caso del Ebro, la CHE ha desarrollado dicha función y la de controlar «los aprovechamientos de interés general o que afectaban a más de una Comunidad». Así se hizo con la aprobación del  Plan de Cuenca, que sirvió de base para el Plan Hidrológico Nacional (PHN), y así debería hacerse también en el presente.
 
Sin embargo, el Gobierno ha optado por cambiar esta forma de actuar y ha adoptado otras más individualistas. Unilateralmente derogó el PHN y ha decidido aprobar un trasvase del Ebro a Barcelona. Se ha implantado una nueva forma de hacer a base de decretos gubernamentales.

Lo sorprendente de la aprobación del trasvase es que se nos intenta convencer de que esto no es un trasvase y que sólo supone una “transferencia puntual de agua” o una “conducción”.

Si esto es así, el agua trasladada del Ebro a Bilbao tampoco es trasvase, la del Júcar a Valencia y Murcia tampoco, y todo lo que se ha venido a denominar trasvases son transferencias de agua.

Lo más lamentable es comprobar cómo ministras de España hacen el ridículo negando la evidencia por salvar al Presidente, que no ha dudado en hacer bandera y oposición a todo tipo de trasvases, utilizándolo en la campaña electoral, en la que se hartó de decir que de trasvases “nada de nada”, y que mientras él fuera Presidente no se haría ninguno.

El Ebro tiene recursos sobrados. Sólo basta comprobar cómo hace pocas semanas las puntas de caudal máximo del río en Castejón duraron varios días. Evacuaba 103 hectómetros cúbicos por día. En la actualidad, circulan más de 50. Y de la misma manera ocurre todos los años. Quiere decir que la suma anual de todos estos caudales suponen en la desembocadura, por término medio, 18.000 hectómetros cúbicos al año. Barcelona necesita 50 y Levante y Andalucía en torno a 1.000.

¿Qué supone esto para el Ebro? Poco o muy poco. Pero la actual política del agua no deja de sorprender. Lo demuestra el no querer reconocer que los trasvases son necesarios y solidarios, que se vienen demandando desde hace más de cien años y que se seguirán demandando en próximas décadas.

Lo cierto es que hablar de una temporalidad que va a costar 180 millones de euros es hablar del absurdo si no fuese a ser utilizado año tras año. No se entiende trasvasar 50 Hm3 con tan alto coste. Pero se llega al esperpento cuando una gran obra se va a ejecutar sin exposición pública para realizar alegaciones, sin los preceptivos informes medioambientales, sin la más mínima planificación, lo que quiere decir improvisación pura y dura.

Esta gran obra se utilizará en el futuro, ya que la “brillante” solución de las desaladoras resulta más cara, más contaminante y son complementarias a la utilización de aguas de lluvia.

En Navarra ocurre algo preocupante que necesita una reflexión. La derogación del trasvase del Ebro nos iba a reportar entre 3 y 6 millones de euros anuales en concepto de “canon de trasvase”. No lo tenemos, no se nos pagará y nadie nos está compensando por ello.

Barcelona va a contar con agua y se piensa compensar a los regantes del Bajo Ebro por la cesión de sus aguas con 24 millones de euros para modernización de regadíos. En Navarra, cuando se termine la modernización de regadíos planificada, estaremos hablando de 15.000 has modernizadas con un gasto para las arcas forales de 140 millones de euros, y todo ello sin contar con un solo euro del Gobierno Central, a pesar de que con la modernización se han generado ahorros de agua que van al Ebro y que estos ahorros van a ser reutilizados “aguas abajo” también por Barcelona.

En Navarra y desde el Canal de Navarra se vienen produciendo pagos de los usuarios, tanto desde las Mancomunidades como de los regantes, que previamente se han comprometido. Nos gustaría que los demás hicieran lo propio.

Pero hay una cuestión clara. A una cuenca como la del Ebro la aportación de Navarra de los ríos Ega, Arga y Aragón  supone el 22% del volumen de los recursos hidráulicos del río, y ello exige que se la tenga en cuenta en la planificación y en los beneficios que se generen.

Apenas se ha pedido. Quizá por la creencia de que agua hay mucha y que nuestras necesidades para el siglo XXI las tenemos garantizadas, o quizá también  porque ha habido una gran conciencia de solidaridad con otras regiones y por la idea de que una vez que pasa por nuestros ríos poco interés despierta lo que se pueda generar.  Pero es fundamental una reflexión sobre cómo se están haciendo las cosas.