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Hacer frente a la violencia escolar

Carmen Ferrer Cajal, Parlamentaria Foral de UPN

La violencia escolar ha adquirido desde los años 70 una magnitud apreciable en países como EEUU, Suecia, Noruega y Reino Unido. En nuestro país, este fenómeno se detecta cada vez más con manifestaciones preocupantes como consecuencia de la crisis social, cultural y familiar que se está sufriendo.

En primer lugar, definiré la violencia como la situación o situaciones en que dos o más individuos se encuentran en una confrontación, en la cual una o varias de las personas afectadas salen perjudicadas por agresiones corporales o psicológicas.

La violencia física, verbal, psicológica e incluso simbólica e indirecta es reprobable. Los actos violentos están inmersos en un gran sistema de relaciones interpersonales,  donde las emociones, los sentimientos y los aspectos cognitivos están presentes y configuran parte del ámbito educativo. Asimismo, están ligados a situaciones familia-alumno y al ámbito social de la escuela.

En los centros docentes, que son espacios de convivencia donde fuerzas y mentalidades desiguales se encuentran, padres, profesores y alumnos tendrán que responsabilizarse en sus roles respectivos, mentalizándose en todos y cada uno de los colectivos.

Así, los centros educativos y su profesorado deben asumir que la gestión de la convivencia en las aulas y el aprendizaje de la misma por los alumnos son dos de sus tareas docentes más ineludibles. Por ello, hay que promover campañas de formación, no sólo para profesionales del ámbito educativo sino también para padres, madres y discípulos.
 
Según diversos estudios, el 75% de los alumnos no admite la existencia de violencia, y ésta es asumida sólo por el 25% del profesorado, aunque con posterioridad los discentes se retrotraen con expresiones dubitativas, reconociendo que no hay mucha o que tiene escasa importancia la violencia percibida.
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Resulta fundamental atajar la violencia escolar cuando se detecta la existencia de un conflicto entre alumnos, de fácil reconocimiento. Así, con la voluntad positiva de todos se logrará paralizar posibles comportamientos de mayor calado, haciendo del centro educativo un trampolín para la formación, el bienestar y la coexistencia del ser humano.