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Educar para poder prevenir la violencia doméstica

Concepción Mateo Pérez, Parlamentaria Foral de UPN

Estábamos de acuerdo en que la erradicación de esta lacra social o terrorismo doméstico, que no entiende de siglas ni partidos políticos, pasa por la prevención, y ésta, a su vez, por la educación, ya que con la violencia no se nace sino que ésta se aprende.

Por ello, resulta fundamental conseguir que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sea una realidad. La igualdad es la situación en que todos los seres humanos son libres para desarrollar su capacidad personal y para tomar sus decisiones sin limitaciones impuestas por los roles tradicionales, y donde se tienen en cuenta, se valoran y potencian por igual las aspiraciones y necesidades de los hombres y las mujeres.

La violencia de género, que este año se ha cobrado la triste cifra de 67 vidas de mujeres, que han muerto a manos de sus parejas o ex parejas, expresa la relación de desigualdad entre hombres y mujeres, es una violencia basada en la superioridad de un sexo sobre otro, el sometimiento, la dominación y el privilegio. Es fuente de enfermedades, tanto físicas como psíquicas, que derivan en sufrimientos y secuelas difíciles de superar y atenta contra los derechos fundamentales de las mujeres, tan básicos como el derecho a la libertad, a la seguridad, a la salud e incluso al derecho fundamental por excelencia, el derecho a la vida.

Nadie ignora los logros que la mujer ha conseguido durante los últimos años.  Sin embargo, hoy sigue existiendo esa desigualdad de poder, arraigado en nuestra sociedad durante muchos años. Las mujeres están poco representadas en el proceso de toma de decisiones y en las estructuras de poder, faltan oportunidades en la vida profesional para ellas, están sometidas a un trato desigual y siguen siendo víctimas de violencia, discriminación y acoso sexual.

A día de hoy existe una resistencia a la verdadera igualdad de género. Por ello, las mujeres debemos esforzarnos en conseguirla, porque a mayor igualdad tendremos libertad y, en consecuencia, menos violencia.

Hay formas de violencia que están tan integradas culturalmente que cuesta identificarlas. Además de la coeducación en igualdad y la sensibilización social, es necesario seguir apostando e impulsando una intervención multidisciplinar de todos los sectores; políticos, sociales, policiales, sanitarios, judiciales, etc.

La víctima debe sentirse apoyada y tiene que saber qué hacer y dónde acudir cuando decida poner fin a esa terrible situación. La erradicación de la violencia es tarea difícil, y debe partir de una política de prevención, mucho más rentable y efectiva que una declaración de intenciones. Así, desde los poderes públicos no podemos ignorar este grave problema social, ya que en cualquier forma que se ejerza la violencia contra las mujeres, constituye la más grave discriminación y supone un grave atentado contra su dignidad como personas.

No quiero perder la oportunidad en este día tan señalado, y reconocer la labor tan encomiable y altruista a aquellas personas que hacen que las víctimas tengan un apoyo y un reconocimiento de su situación, algo fundamental en la fase de revelación de su problema y posteriormente en la recuperación de la integridad y autoestima de las mujeres víctimas de violencia.

Por último, quiero manifestar mi máximo respeto, comprensión y solidaridad con todas las víctimas de violencia de género así como reiterar nuestra disposición permanente al diálogo y a la búsqueda de soluciones.