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Recordando

Javier Marcotegui Ros, Vicepresidente 1º del Parlamento de Navarra

En los momentos de silencio, en los que se escarba en lo profundo de la conciencia, brotaba la pregunta sobre el sentido del recuerdo trágico. ¿Por qué evocar estos hechos dolorosos cuando lo normal sería lo contrario, olvidarlos? ¿Qué es lo que nos mueve año tras año a rememorar muertes violentas que consideramos injustas? La de José Javier, la de Tomás Caballero, la de Miguel Ángel Blanco y con ellos las del millar de víctimas a manos de los desnaturalizados miembros de ETA y sus partidarios. ¿Sólo el afecto a la familia? ¿Sólo el cariño a la persona con la que compartimos proyectos e ilusiones políticas?

Estos días he oído voces partidarias del olvido, inclinadas a pensar que estas manifestaciones, con el tiempo, pierden el sentido general y sólo encierran el particular político de los grupos que las suscitan. Incluso me ha parecido percibir la idea de que estos actos conmemorativos no facilitan la integración social. Que con estas concentraciones se ahonda la brecha entre los verdugos y las víctimas y que no se facilita el perdón.

De la memoria se dice que su mejor cualidad es la facilidad de perderse. No le falta razón a quien así piensa. No sería posible vivir con la presencia constante de los hechos desagradables, de los desengaños, fracasos e injusticias que a lo largo del discurrir ordinario de la vida se han sucedido. La memoria es selectiva y afortunadamente olvida lo malo. El cerebro sirve para almacenar el pasado, pero también para olvidar todo lo que no tenga utilidad práctica alguna en el presente y pueda proyectarse al futuro. Selecciona del subconsciente los recuerdos que pueden ser útiles.

Por eso la memoria tiene que ver más con la vida que con la muerte que recordamos. Tiene que ver más con el presente que con lo pretérito a pesar de que lo invocado siempre sea el pasado. Está más relacionada con la esperanza que con la desesperación aunque mencionemos hechos desesperantes. De no ser así la memoria no pasaría de ser un mero instrumento de contemplación de imágenes y no una herramienta útil para el ordenamiento del comportamiento personal y social cotidiano.

En el acto de recuerdo a José Javier, recordábamos en realidad la causa de su muerte trágica: ejercitar la libertad de pensar políticamente de modo distinto que su cobarde asesino. Recordábamos que alguien deshumanizado menospreció la vida de una persona, que desconoció el valor individual y social de la libertad de expresión y llegó a quebrar la paz de una familia y de la sociedad de la que formaba parte. Manteníamos vivo el recuerdo de que la pistola humeante o los hierros calcinados por una bomba nunca son el argumento para alcanzar objetivo personal o social alguno porque impiden el ejercicio de la libertad. Recordábamos que se produjo una deuda de justicia que es preciso satisfacer.

Nada tiene que ver el olvido con el perdón y el recuerdo con el odio. Estoy seguro que todas las víctimas han perdonado a sus verdugos pero la paz quebrada requiere restaurar el equilibrio de justicia roto, el reconocimiento del error con el abandono sin condiciones de la violencia y extorsión social y la restauración del principio de libertad vulnerado.

La memoria sirve, por tanto, para determinar las actuaciones futuras. La sociedad que no recuerda, al igual que la persona, no es capaz de ordenar esperanzadamente su futuro y vive en un puro automatismo coyuntural.