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El 11-M y sus consecuencias políticas (España tras el 11-M)

Jaime Ignacio del Burgo, diputado de UPN

El 11-M es un atentado del que los grupos terroristas han obtenido importantes réditos políticos. España rompió sus compromisos en Irak, retirando apresuradamente las tropas y poniendo en riesgo la continuidad de la coalición internacional. El islamismo obtuvo así una rotunda victoria, aunque atemperada por nuestra permanencia en Afganistán, que para Osama Ben Laden es un acto de mayor gravedad incluso que la entrada en Irak para derribar al dictador –laico– Sadam Huseim. Esta retirada vergonzante provocó un grave deterioro en las relaciones con los Estados Unidos, que sin duda hay que apuntar al haber de los terroristas.

Otra gran beneficiaria ha resultado ser ETA. La caída del PP le ha permitido resucitar de sus cenizas y poner en marcha el "proceso" presuntamente pactado, incluso antes del 11-M, con representantes cualificados de Rodríguez Zapatero. Después de dos años de gobierno de Rodríguez Zapatero, ETA no sólo no se ha rendido sino que desde el punto de vista político mantiene intactas sus exigencias y se permite hablar de tú a tú con el Estado español, a quien desafía cada vez con mayor altanería y al que pone condiciones como el reconocimiento de Euskal Herria como nación y de su derecho a la autodeterminación, la anexión de Navarra y la excarcelación de los presos.

¿Un atentado de encargo?

De ser un miembro más de la banda de criminales, Arnaldo Otegi ha pasado a ser un hombre de paz. Claro que las alabanzas son recíprocas, y ahí están sus palabras de reconocimiento hacia el presidente del Gobierno por su "valentía" al aceptar que España no es la única nación sino que en el Estado conviven otras naciones además de la española, lo cual, para el dirigente proetarra es un hecho "revolucionario".
Gracias a Rodríguez Zapatero, los dirigentes de la "izquierda abertzale" (que así se le llama ya sin ningún pudor por el Gobierno) han pasado de estar proscritos por su vinculación a ETA a ser tenidos como futuros interlocutores del Gobierno para negociar un nuevo estatus político para el País Vasco a fin de lograr la "refundación de la convivencia de Euskadi", según expresión del propio presidente. Por cierto, no deberíamos perder de vista lo ocurrido en la entrevista mantenida en Perpiñán entre Carod Rovira y la cúpula de ETA. Ya no existe duda alguna de que el paladín de la independencia de Cataluña les habría contado las expectativas creadas en virtud del pacto del Tinell. Si Rodríguez Zapatero derrotaba al Partido Popular, la posibilidad de dar un paso de gigante hacia la puerta de salida del Estado español por parte de Cataluña estaba asegurada. En consecuencia, sólo un cambio de Gobierno en España podría hacer reversible la situación agónica de la banda. A consecuencia de la política antiterrorista del Gobierno Aznar el único horizonte de la banda parecía ser el de una rendición humillante. A partir de las conversaciones de Perpiñán, ETA comenzó a soñar con la perspectiva de una negociación victoriosa. Y aunque no haya prueba que demuestre su implicación en el 11-M, mientras no se lleve a cabo una investigación rigurosa y a fondo de todos los datos que apuntan a una estrecha amistad entre etarras e islamistas, tejida dentro y fuera de las cárceles españolas, la idea de una colaboración operativa no puede ser descartada de raíz. La hipótesis del 11-M como un atentado de encargo no puede descartarse.

Otros beneficiarios

El sultán de Marruecos, estoy seguro, no habría sentido la menor lástima al ver el trágico final del Gobierno de José María Aznar que hizo naufragar la aventura desafiante del monarca marroquí en Perejil. A nuestro vecino del sur, la derrota del Partido Popular podía abrirle la posibilidad de una relación privilegiada con los Estados Unidos a sabiendas de que ningún presidente, ni republicano ni demócrata, perdonará a Rodríguez Zapatero el inamistoso gesto de sentarse al paso de la bandera de las barras y las estrellas el desfile militar del Paseo de la Castellana.

Hay quien añade a la lista de beneficiarios a los proscritos del felipismo por su implicación en la guerra sucia de los GAL y en el saqueo de los fondos reservados. No hay ninguna prueba de su implicación en la masacre, aunque estoy seguro de que no estuvieron muy lejos de la campaña de descalificación del Gobierno popular iniciada desde la misma tarde del 11-M, al menos como transmisores de noticias intoxicadoras procedentes de la deslealtad de algunos mandos policiales.

Terremoto político

Es indiscutible que el 11-M provocó un auténtico terremoto político en España. Las consecuencias están a la vista. El edificio constitucional de 1978 se resquebraja. Vivimos inmersos en un proceso constituyente "de facto" e, incluso, fraudulento, pues por la vía estatutaria se intenta alterar de raíz el Estado autonómico. Es legítimo propugnar la conversión de España en un Estado plurinacional para atribuir la soberanía a las naciones que, según los nacionalistas, integran nuestro país. El título VIII puede ser reformado en tal sentido, pero esto no puede hacerse sin consultar al pueblo español que, hoy por hoy, es el titular único de la soberanía nacional.

Por decir esto y por denunciar la inconstitucionalidad del Estatuto catalán –y en algunos aspectos su imitador andaluz- se nos acusa de anticatalanismo por ir contra Cataluña, acusación que sirve para legitimar la campaña de acoso y derribo del Partido Popular. Yo envidiaba a Cataluña al considerarla como un oasis de europeísmo, tolerancia y buen sentido. Pero observo con preocupación cómo el "seny" catalán ha hecho mutis por el foro. La vida política catalana va entrando en un proceso de "batasunización". "Se lo han buscado" vienen a decir los dirigentes de los partidos nacionalistas e, incluso, del PSC. Pues bien, si el Partido Popular y otros grupos políticos discrepantes de los dogmas nacionalistas no pueden desarrollar con plena libertad su actividad en Cataluña la democracia volverá a ser una asignatura pendiente en tierras catalanas.

El preludio de un nuevo fracaso colectivo

En dos años de Gobierno de Rodríguez Zapatero, los conflictos históricos que tanto daño hicieron en el pasado a la convivencia entre los españoles han vuelto a resurgir. Se ha llegado a acusarnos de fascistas por reivindicar el espíritu de la transición y defender la Constitución como marco de convivencia en paz y en libertad de todos los españoles. Cada vez resulta más evidente que, so pretexto de la recuperación de la memoria histórica, se pretende abrir de nuevo un foso de división cívica que puede conducir de nuevo a la fractura de España en dos mitades. Detrás de la denuncia de las tropelías del bando nacional no parece esconderse otra intención que la de restaurar la "legalidad" republicana. Nada hay de espontáneo en la exhibición de la bandera tricolor al paso de los Príncipes de Asturias. El presidente del Gobierno, principal impulsor de la reivindicación sectaria de la mal llamada memoria histórica, parece haber olvidado que si volvemos a confrontarnos por los símbolos de la nación corremos el grave riesgo de acabar a garrotazos. Y España no se merece un nuevo fracaso colectivo.

Si Cataluña es una nación y también lo es Galicia, el País Vasco, Andalucía, Canarias y todo aquel que se apunte a la barra libre autonómica, el fin de España como nación es un hecho. Por mucho que la Constitución proclame lo contrario, y salvo que lo remedie el Tribunal Constitucional, acabaremos por convertirnos en una confederación de naciones soberanas sin que el cada vez más débil cascarón estatal sea capaz de garantizar la unidad de España, la igualdad básica de todos los españoles, el cumplimiento de los grandes objetivos nacionales y el principio de solidaridad.

El "compromiso histórico" para arrinconar al Partido Popular

El secreto de la estabilidad política de los últimos treinta años ha sido, sin lugar a dudas, el entendimiento a la hora de abordar las grandes cuestiones de Estado entre los dos grandes partidos nacionales. La pretensión de arrinconar al Partido Popular, heredero ideológico de la UCD y representante de una derecha plenamente democrática, es un atentado contra la convivencia nacional. Por desgracia, hoy por hoy la voluntad de consenso ha quedado pulverizada. No hay entendimiento ni a la hora de abordar –si es que hubiera que hacerla– la reforma de la Constitución, ni la lucha contra el terrorismo, ni la modificación de los Estatutos, ni la reorganización de la Justicia. El presidente del Gobierno hace tiempo que dejó de utilizar la palabra "talante" con la que encandiló a muchos españoles.

Claro es que esta estrategia no es nueva. A mediados de los ochenta, los dirigentes socialistas abogaban por el "compromiso histórico" con los nacionalistas, imprescindible, según decían, para conseguir el fortalecimiento de la democracia y la modernización de España. Así se fraguó la colaboración para el Gobierno del País Vasco entre el PSE y el PNV, truncada –hoy Rodríguez Zapatero no lo hubiera consentido– por el pacto de Estella. Hoy renace el compromiso histórico cuya finalidad es asegurar la permanencia en el PSOE en el poder "del Estado" y garantizar a los nacionalistas el poder de sus respectivas "naciones". La alternancia, principio básico de toda democracia, sólo será posible si el Partido Popular obtiene mayoría absoluta. Y esto, con una mayoría de medios de comunicación que secundan la campaña de "todos contra el PP", es muy difícil aunque no conviene caer en la desesperanza.

Sectarismo miope y anticatólico

El balance en materia de política exterior no puede ser más desolador. Se nos prometió volver al "corazón" de Europa pero sólo hemos conseguido ser el hazmerreír de nuestros socios europeos. Parece como si el presidente Rodríguez Zapatero hubiera decidido volver a los años de la guerra fría, cuando el PSOE practicaba un antiamericanismo y antiatlantismo militantes y propugnaba nuestra inserción en el "movimiento de países no alineados" fundado en 1954 por Egipto, India y Yugoslavia. Haber dado la espalda a la primera democracia del mundo, los Estados Unidos, es fruto de un sectarismo miope y radicalmente contrario a los intereses nacionales.

El sectarismo anticatólico ha vuelto por sus fueros. Mientras la progresía socialista se rasga las vestiduras por unas caricaturas de Mahoma, las ofensas a los sentimientos católicos se multiplican por doquier. Crecen los obstáculos a la enseñanza de la religión en las escuelas. Algunas reformas legislativas, como la equiparación al matrimonio de la unión homosexual, han afectado a una institución que hunde sus raíces en la civilización occidental. Al margen de los sentimientos religiosos, lo cierto es que para dar satisfacción a ciertos colectivos marginales no se ha dudado en ofender las convicciones éticas de amplias capas de la población. Hay otros ejemplos de sectarismo, como por ejemplo la promulgación de la ley de educación contra el criterio de buena parte de la comunidad escolar.

La democracia aburrida

En suma, las consecuencias políticas del 11-M han sido mucho más profundas que las derivadas de un mero relevo en el gobierno de la nación. Se ha escrito que la democracia es un sistema aburrido, pues nada cambia después de las elecciones al mantenerse intactos los principios básicos de la organización política y del modelo de sociedad. El relevo de los equipos de gobierno y de los modos de gestión de la cosa pública es saludable. Hace tan sólo tres años conmemoramos el veinticinco aniversario de la Constitución de 1978. Yo creía que España se había convertido ya en una democracia aburrida gracias al acierto de nuestra Ley fundamental. Pero estaba equivocado. Desde hace dos años, la "clase política" española en vez de dedicar todas sus energías a resolver los problemas de la vida cotidiana de los ciudadanos como la educación, la sanidad, la vivienda, la seguridad o la inmigración, no hace otra cosa que debatir sobre las esencias. Es como si hubiéramos regresado al túnel del tiempo para reproducir todo aquello que en el pasado nos llevó al abismo: el debate sobre el ser o no ser de España, la forma de gobierno, el desafío nacionalista, los hachazos a la libertad religiosa… Todo un despropósito.

Una mente española

Silvio Berlusconi, días después del atentado hizo unas declaraciones sobre el 11-M que no por ser del ex primer ministro italiano dejan de ser atinadas pues son fruto de una reflexión inteligente. "Estoy convencido de que ETA ha desempeñado un papel en los atentados del 11 de marzo. Analicemos la situación;: la técnica demasiado refinada, la elección de los tiempos, la contemporaneidad de los ataques… ¿Es posible que, en pocas horas, gracias al hallazgo de un teléfono móvil en una mochila se llegue hasta los presuntos responsables de la matanza? ¿Y que se les detenga justo antes de que se abran los colegios lectorales? No; esta historia no me convence para nada y personalmente no me quito de la cabeza que ETA ha tenido algún papel… Quien ha realizado estos atentados del 11-M conocía bien España y por eso no creo que hayan sido cuatro beduinos de Al Qaeda".

No hay que echar la reflexión de Berlusconi en saco roto. Detrás del atentado hubo, sin duda, una mente española que conocía muy bien la idiosincrasia del pueblo español. Los terroristas –no suicidas– pusieron todo su empeño para conseguir que antes de la apertura de los colegios electorales los españoles estuviéramos convencidos de que se trataba de un atentado islamista. Luego bastó con que la izquierda y los nacionalistas se movilizaran para acusar al Gobierno de ocultar la verdad. Aznar era el culpable del atentado por habernos metido en la guerra de Irak. Con esta infame acusación consiguieron que fueran muchos los que, movidos por una santa indignación, votaran no por Rodríguez Zapatero sino contra Aznar. Más no se puede pedir.

El griterío de los que reclamaban saber la verdad enmudeció tan pronto como Acebes anunció a las doce de la noche del día 14 de marzo la derrota del PP. Al cabo de dos años, el 11-M sigue sin esclarecer. El éxito momentáneo del PSOE ha sido acallar aquella exigencia. Incluso en nuestras filas hay quien opina que debemos pasar página. No hay duda de que la oposición al Gobierno no puede ni debe centrarse en el 11-M. Son muchos los problemas de España generados desde el acceso al poder del Partido Socialista. Pero ello no puede conducir a que cesemos en el empeño de reclamar por respeto a las víctimas y a la dignidad de la democracia el conocimiento de la verdad.