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Convivencia escolar

Javier Marcotegui, parlamentario de UPN

Me refiero al acoso entre iguales, el llamado "bullying"; también, aunque en menor medida, a la desconsideración de alumnos hacia los profesores, los malos modos de padres con profesores.Se han encendido las alarmas y se ha mirado hacia el interior de las escuelas. ¿Qué pasa en las escuelas, se pregunta la sociedad? ¿Qué pasa con los escolares que no se respetan, ni respetan las instituciones escolares?

Los profesores apuntan a un déficit de hábitos de conducta adecuados entre los jóvenes, a un alto grado de permisividad familiar, a una pérdida de respeto a la institución escolar, a la autoridad de los tutores y profesores, a un olvido del deber personal de adquirir la formación y competencia exigible a cada alumno, a un abandono familiar de las obligaciones de educación de los hijos. A un sistema disciplinario judicializado que prima más la seguridad jurídica que la libertad y derechos colectivos al orden.

Los padres solicitan de la escuela, como si de una primera y única instancia formativa se tratara, las soluciones pertinentes. Están preocupados, probablemente desbordados por la situación y, con frecuencia, ausentes de la proximidad de los hijos. Reclaman acciones para enseñar a los alumnos prácticas de convivencia y respeto, de relación personal correcta. Requieren la configuración de un espacio idóneo para la mejor formación de los hijos que a la escuela han confiado.

Los alumnos se conducen de acuerdo con los parámetros de conducta que se destilan de la sociedad a la que pertenecen. Se orientan por los nuevos valores de la inmediatez, el consumo y disfrute fácil que han hecho una antigualla del ahorro, el esfuerzo o la renuncia, donde el deseo se confunde con la libertad y las metas no tienen sentido en sí mismas.

Entre tanto, las alarmas siguen parpadeando insistentemente. Se diseñan planes de convivencia escolar; se habilitan teléfonos para atender las denuncias de acoso en un intento de superar el síndrome del chivato muy propio de los adolescentes. Se organizan jornadas de reflexión y estudio sobre la convivencia escolar. Bienvenidas todas estas iniciativas, pero tengo la impresión de que se trata de marear la perdiz sin entrar en meollo de la cuestión. En el análisis serio de las causas.

Un director de un centro público, en un debate público sobre esta cuestión, señaló que el nivel de convivencia en los centros escolares era mejor que en la calle. Muchos directores afirman que los conflictos entre iguales que se registran el lunes en sus centros son una proyección de los conflictos del fin de semana. En tal caso, la escuela es una víctima con consecuencias graves para el proceso formativo. Éste requiere un ambiente relajado que invite al silencio, la atención, la concentración, la curiosidad, el entusiasmo por el aprendizaje y el respeto al profesor. Condiciones necesarias para aprender. Un ambiente incompatible con la arbitrariedad, la indisciplina, el desinterés, los móviles. Los conflictos y sus causas están en la calle y se concentran durante la jornada escolar en el recinto escolar. La escuela puede estar sintiéndose sola; el profesor quemado y desasistido y víctima de una situación que se genera fuera y lejos del aula.

Con permiso de un buen amigo mío del que tomo la idea «…el sistema escolar, como ha ocurrido en todas las épocas de la historia, resuena todos los logros, conflictos y errores de la sociedad, sus modos de vida y costumbres» Ahí está el problema, no en la escuela.