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José Javier Múgica permanece en nuestro recuerdo

Terminados los Sanfermines, Pamplona parece que vuelve a la normalidad, y Navarra da paso a los meses de julio y agosto, a los meses estivales llenos de fiestas patronales. Pero no quedan lejos aquellos Sanfermines cortados drásticamente por el asesinato de unos humildes representantes del pueblo, Miguel Ángel Blanco y José Javier Múgica, que motivaron la repulsa más absoluta de los defensores de la libertad y de la democracia. Las proclamas y declaraciones contra los terroristas, contra todos aquellos que apoyan o amparan a los terroristas que se escucharon tras el asesinato del concejal de Ermua se realizaron, al menos las de algunos representantes políticos no fueron extemporáneas, después de que la sociedad se volviese a poner delante de sus representante públicos, tomara las calles de toda España y exigiera unidad a sus representantes públicos, los cuales, ante tal expresión espontánea del pueblo, se ponía delante de las pancartas para no quedarse fuera de juego. Hoy, repasar algunas intervenciones que apelaban a la exclusión y al aislamiento de los etarras y quienes les secundan sonrojarían a más de uno, pero no creo oportuno realizar ese ejercicio en las reflexiones que motivan estas líneas. El tiempo, ese juez inapelable, ha vuelto a poner a cada uno en su sitio. Eso sí, soy de los que piensan que aquello supuso un punto de inflexión en la conciencia de la sociedad española. El espíritu de Ermua, como se denominó aquella espontánea reacción popular, conseguía lo que parecía imposible: todos nos dábamos cuenta de que ETA estaba contra todos y todos debíamos estar contra ETA. Lástima que algunos lo perdieran enseguida.

Muchos, centenares, han sido los asesinatos cometidos por la banda terrorista ETA. Muchas, centenares, las familias destrozadas de por vida, que han perdido a un ser querido aniquilado por la sinrazón terrorista de ETA, víctimas del odio, del extremismo y del radicalismo aberchale, y que se merecen el más sincero reconocimiento, admiración y respeto de toda la sociedad navarra y española; aunque nunca será suficiente por el sacrificio que han pagado.

Entre las centenares de víctimas se encuentra un sencillo fotógrafo, amante de su pueblo, que dedicaba parte de su jornada laboral a conducir una furgoneta con la que llevar a los escolares a su colegio. Un abnegado marido y padre de convicciones serias, que creía posible contribuir con su trabajo y esfuerzo al bienestar de sus vecinos; que creía fundamental educar en valores de respeto al prójimo a las nuevas generaciones; que estaba orgulloso de representar a sus paisanos en el ayuntamiento de su localidad; que apostaba decididamente por repudiar la violencia como medio para defender cualquier ideología; que consideraba labor de todos ir ganando espacios a la libertad y que defendía como elemental para posibilitar una sociedad en armonía y convivencia el derecho a manifestar libremente las ideas.

No sería sincero si afirmase que conocí personalmente a José Javier Múgica en profundidad, pero sí tuve la oportunidad de conocer algunos planteamientos que le parecían erróneos de sus compañeros de corporación, más preocupados en defender posturas políticas absurdas, basadas en construcciones nacionales que no conducían a nada bueno y en lanzar proclamas contra los que no pensaban como ellos, que en solucionar los problemas reales de sus vecinos. En ocasiones solicitaba consejo y uno, dentro de sus posibilidades y recto proceder, charlaba y aconsejaba lo que consideraba oportuno. De esos contactos pude constatar sus convicciones firmes de hombre sensato, de defensor de la libertad y luchador infatigable contra posturas radicales y excluyentes.

También he de reconocer que, siendo concejal José Javier, no tuve contacto con su familia, pero a lo largo de estos tres años transcurridos ya desde su asesinato he podido tener un contacto más cercano con ellos, sus amigos y compañeros de partido de Leiza. En todo este tiempo he podido comprobar que su ejemplo no ha sido en vano, que su familia sigue luchando por salir adelante, que sus hijos se hacen mayores, se casan y pronto, es de suponer, harán abuela a Reyes, su madre. Una familia que ha permanecido unida por el dolor y la esperanza de su padre y marido. Una familia y un grupo de amigos y compañeros de partido que, en reiteradas ocasiones, nos ha dado muestra de comportamiento y de convicciones claras, por qué no decirlo también de fe, de creencia en que nada ha sido inútil y que desde arriba alguien marca nuestros designios, por muy crueles que nos parezcan. Reyes Zubeldia siempre me ha sorprendido por sus creencias tan inquebrantables.

El ejemplo no sólo nos lo ha dado la familia Múgica-Zubeldia. Ahí están también los Caballero-Martínez, quienes se han comprometido de forma muy activa con la lucha por la libertad tras el asesinato de su padre, marido y compañero de partido Tomás Caballero, de quien, por cierto, siempre me sorprendió su inagotable defensa de los ideales que le empujaron a la actividad pública. No conocí personalmente su pasado político en la transición democrática de este país, por lo que debo limitarme a lo que me han contado o he podido leer. Pero sí que puedo manifestar con rotundidad que los años que estuvo en UPN era una persona incansable y un trabajador incombustible que tenía las ideas muy claras, sabía de dónde venía y a dónde quería llegar. Era un demócrata que ejercía como tal, respetaba al adversario político pero no transigía ni con la demagogia ni con la palabrería, ni, por supuesto, con la práctica de los terroristas y sus cómplices. Siendo sincero, y por lo que pude hablar con él, también compartía ese inconformismo o rebeldía que suele embargarnos en algunas ocasiones a los que tenemos responsabilidades públicas.

Tampoco puedo ni debo olvidar a los Ulayar, los García, los Casanova, los Beiro, los Totorika, los Molina, los Oleaga, los Querol, los Gervilla, los Prietos, … la lista sería interminable.

Hoy, día 18 de julio, tres años y cuatro días después de que unos asesinos segarán la vida de José Javier, los debemos volver a tener presentes a todos ellos: a los que conocimos y a los que no, a los que tuvimos cerca y a los que tuvimos lejos… Y de manera especial a sus familias, que siguen llorando en silencio la perdida de su ser querido. Porque es bien cierto que cuando la sinrazón etarra se vive de cerca marca mucho más.

Hoy ,desde Leiza una vez más, debemos tener claro que todavía queda mucho por hacer, mucho por apoyar y, sobre todo, muchos espacios de libertad por ganar.