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Euskadi invertebrada

Parece que fue ayer… cuando recibíamos conmocionados la noticia del asesinato en una tarde fría y lluviosa de enero, mientras comía en la parte vieja donostiarra, de Gregorio Ordóñez, ese joven político guipuzcoano, valiente y visionario que había osado plantar cara a ETA y a sus conmilitones, que en esos momentos lideraba las encuestas para la alcaldía de San Sebastián, cuyas elecciones se iban a celebrar en mayo de ese mismo año.>

Goyo tuvo ese triste privilegio de ser, tras la incautación de los papeles de la banda etarra en Bidart (1992), el primero de los políticos en activo que fue asesinado por ETA por sus ideas políticas. La lista que él abrió tuvo una trágica continuidad en todos los concejales del PP, UPN y PSOE que cayeron en los años siguientes y en la que, desgraciadamente, también entró a formar parte un Vicelehendakari, Fernando Buesa. Esta lista fue la antesala brutal de lo que políticamente se hizo carne más tarde en Lizarra, donde se pactó hacer desaparecer de la vida política de Euskadi a todos los que no comulgasen con las ideas nacionalistas.

El asesinato de Goyo fue cruel, como más tarde lo sería el de otro joven, Miguel Angel Blanco. Uno fue asesinado al estilo del Chicago mafioso de los años veinte y el otro, al estilo vietnamita, en una tarde de toros sanferminera. Los dos cayeron en una tierra donde vive una sociedad próspera en lo económico aunque, a la vista de estos hechos, se puede poner en duda si también lo es en lo ético y en lo moral.

Ahora, cuando se cumplen diez años desde su vil asesinato perpetrado un 23 de enero de 1995, nos podemos preguntar si la idea de buscar una alternativa política al desgobierno nacionalista que vertebrase las entrañables provincias vascongadas, en torno a una Euskadi normalizada liberada de ETA, que él con tanto ardor pregonaba, ha calado o no.

Qué duda cabe que su muerte y la de todos los valientes que le siguieron sirvió como acicate a muchas gentes de bien para tomar conciencia de la locura colectiva que significa y representa el proyecto de ETA y sus valedores, y para concitar en torno suyo una conciencia colectiva de decir ¡basta ya!, que sirvió para remover los rescoldos de una sociedad adormecida por el miedo que todo lo paraliza.

A él y a Miguel Angel Blanco, les cupo ese triste privilegio de haber movilizado a un sector de la sociedad vasca para poner coto a la sinrazón nacionalista. Aunque, bien es cierto, que ese sueño que él tenía de ver una Euskadi libre, con alternancia y huérfana de violencia, todavía no se ha hecho realidad, pero… llegará.

La Euskadi vertebrada en torno a un proyecto sugestivo de vida en común que pueda unir en lo esencial a toda la gente de bien del pueblo vasco, que Ibarretxe pretende ahora tirar por la borda con su Plan soberanista, no puede ni debe desconocer, que algunos como Goyo Ordóñez dieron lo mejor de sí, como los antiguos mártires, para que Euskadi fuese una tierra de prosperidad, de paz… y de hombres libres.

Al cumplirse diez años de su asesinato, el recuerdo de su figura nos debe movilizar para recordar que su sacrificio no fue en vano. Por ello, cuando ETA puede estar pasando por uno de sus momentos más bajos, su recuerdo emocionado nos debe servir para que no se demore más la llegada de la paz porque un desnortado nacionalismo le brinde una vez más la casa del padre.