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El cerdo y la gallina

Hace unos días comentaba la importancia de leer, de informarse; de conocer y apreciar la realidad, de “meternos en ella”, para –sintiendo como propio lo que acaece en el mundo en el que vivimos- animarnos a mejorarlo. A ejercer de ciudadanos. A participar.

En los tiempos que corren, hay mucho en juego. Se están poniendo en solfa valores, principios e instituciones: cuestiones bien sustanciales. Y, mientras todo esto sucede, nos encontramos con todo tipo de actitudes. Una de las más preocupantes, es la del dejarse llevar, dejarse hacer, someterse, no complicarse la vida. Aceptar todo, tragar carros y carretas, con la historia del “será moderno” –o como ahora se dice “progresista”-. Y acatar, sin discusión ni análisis, lo que se transmite oficialmente como “bueno”, para evitar los riesgos de pensar por libre (no vaya a ser que entonces discrepe y me etiqueten).

Me gusta la gente que piensa por su propia cuenta, a la que no le basta para dar algo por santo y bueno con el “lo han dicho en la tele”; que no se queda hipnotizada ante una sonrisa o una mirada, por más dulce que sea. Y que, en este mundo mediático y mediatizado, con información y con criterio propio, va y se posiciona. Que se moja. A favor o en contra. O con matices. Entiendo poco –o nada- el “no sabe, no contesta”. O el “paso”. La indolencia, la pasividad, la indiferencia (que algunos pretenden disfrazar de tolerancia). El mirar para otro lado. O el “constato no me afecta”, que –como las anteriores- no es sino una forma de egoísmo.

Vivir siendo personas es bastante más que vegetar. Los principios, los valores, los ideales son algo por lo que merece la pena trabajar, esforzarse (¡ah!, qué palabra…), implicarse, y… comprometerse.

Un amigo, Javier, me ponía un ejemplo elocuente -y gracioso- para explicar la diferencia entre “implicarse” y “comprometerse”: “En la tortilla de jamón, me decía Javier, la gallina se implica –deja un huevo-, pero el cerdo se compromete –y de qué modo-“.

Me gustan los que se implican –los que lo hacen incluso cuando se complican- y, más, los que se comprometen con aquello que de verdad merece la pena ser defendido y apoyado.

Ello no sólo puede, sino que debe hacerse. Con respeto hacia quien piensa de otra manera; con tolerancia (que no es ni relativismo ni indiferencia), pero exigiendo idéntico tratamiento para con uno. Vivimos en democracia; también –ahí está la prueba del algodón- si se discrepa del “discurso oficial”. Podemos –debemos- pensar libremente y actuar en coherencia. Nuestros hijos nos lo agradecerán. O, al menos, nuestra dignidad.

José Iribas S. Boado